Lo siento Metsa. Ahora estoy decidido a complicarte la vida.
Tu más grande curiosidad sin duda es entender como es amar de manera común. Entender, o tal vez vivenciar, aquello llamado “amor de mi vida” y conceptos semejantes. Yo, paradójicamente, renuncie a aquello. A subsistir bajo esa propuesta idílica que todo lo puede, que todo lo sabe, que todo lo combate. Tuve suficiente de eso.
No reniego de haberlo conocido. Sería en verdad ingrato. Se dé que trata, me enseño bastante pero la verdad no es lo que pretendo en mi proyecto de vida. Quiero aquello que me ofrece todo lo contrario.
Te propongo por ello que seas el amor de mi muerte. Aquel ser con quien pueda morir un poco cada momento. Aquel que me mata con sus comentarios cagones sobre mis desvaríos, divagaciones. Aquel que ayuda a cerrar etapas viejas, fallidas. Y también, por qué no, las gloriosas.
Quiero cometer contigo todos los errores que no cometí antes. Que seas ese momento en la historia. Lo quiero porque sin duda me das la libertad para errar. Pero también porque sabes poner cotos a mi historia, juzgandola en la medida necesaria. Porque no conoces de empatías amelcochantes, maternales.
Porque eres quien sabe decir “estas viejo para tanta huevada”. Y la que sabe matizar eso con alguna pachotada burbujeante.
Quiero proponerte esta estupidez. Que, sin dejar de lado aquella curiosidad por el amor pop, me seas el alternativo. El camino distinto. Que, aunque algunos piensen en nosotros como “el amor de la vida”, se queden sin entender que es todo lo que implica eso de que seas el de mi muerte.
Ahora más que antes y menos que después, espero sepas estar de acuerdo en morir un poco conmigo.



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