“Oe, ¿tu te acuerdas cual era?” creo que le pregunté. Ella creo que respondió “¿qué, tu no te acuerdas?”. Lo cierto es que si recordamos que estábamos en un café conversando, haciendo tal vez el primer “corte de evaluación”. Nuestra mala memoria posterior, aunque teníamos claramente interiorizado lo acordado, nos obligó a plasmar una especie de acuerdo en forma de sanción, para nunca olvidarnos lo que luego de ese momento olvidamos.
“Oe, ¿esto no era lo que acordamos?” creo que me dijo. Yo creo que le respondí ¡Claro, esto era!”. Coincidentemente, fue otra fecha de “corte de evaluación” la que nos llevó a recordar lo que entre cafés habíamos acordado.
Es mas que notorio cual es el contenido de este acuerdo, con que está vinculado. Con el pararnos al costado de lo que esta pasando y conversar racionalmente respecto a todas las pasiones y afectos que nos recorren con el paso del tiempo y el atravesar un lícito acuerdo.
Nuestra racionalidad nos lleva a considerar que pensar en paralelo lo que nos acontece es sumamente enriquecedor, pues permite hacer un mejor manejo de los afectos y las pasiones, no para controlarlos y regularlos ni aminorarlos, sino para capitalizarlos y potenciarlos al máximo, de acuerdo a como vamos marchando.
Pero el acuerdo no es la evaluación en si. Para hacer entender esto, no es que tengamos fechas programadas para el corte de evaluación. Aparecen esporádicamente, espontáneamente cuando sentimos que lo requerimos, cuando algo nos llama a hacerlo.
Y el acuerdo justamente va por ahí. Va por decir las cosas en su momento sin darles la letal vuelta que mata al otro de incertidumbre al ver rostros meditabundos, generando preguntas como “¿Te pasa algo?” o “¿en que piensas?”, que a la larga causan desgaste y molestia en el pensante, que se traducen en negativas que, para aportar al círculo vicioso, despiertan suspicacias en los cuestionadores (lean nuevamente este párrafo, cierren los ojos, e identifíquenlo en algún momento de su vida).
Es así que acordamos que las cosas se dicen cuando deben decirse, sin vueltas que darle. Eso implica que no se necesitan preguntas como “¿Qué te pasa?” pues cuando algo pase, se hará expreso. Eso implica también que lo que pasa, no necesariamente es negativo o cuestionador. Finalmente, eso también implica que en cualquier momento se nos exigirá racionalidad para pensarnos en paralelo, para sacarnos de donde estamos, pararnos a un costado, y ver con objetividad (y la pizca de subjetividad necesaria) para evaluar donde es que estamos parados en ese momento.
Esto es lo que en algún momento no recordábamos, aunque la práctica demuestra que lo teníamos realmente interiorizado.



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